martes 20 de octubre de 2009

El aborto

Tenía que escribir sobre esto. Me lo estaba pidiendo el cuerpo hace ya mucho tiempo. No quiero ensuciar el blog con comentarios que puedan interpretarse como discursos cargados de intenciones políticas, pero este asunto me resulta ineludible.

Es cierto que el problema ha existido, y existirá por desgracia, siempre. Pero también es cierto que ahora es un buen momento hablar de él por el rebrote que ha tenido a la superficie de la actualidad.

El actual debate del aborto (y casi siempre ha sido así) reside en la concesión de la categoría de "persona" a una criatura de unos gramos de peso, con forma vágamente humana y que, como un parásito, devora la energía vital de su progenitora desde el mismo día en que se forma, hasta el día en que uno de los dos muere.

Siempre que se pone un límite, una frontera, se comete una injusticia con la marca que se encuentra inmediatamente antes o inmediatamente después de la división entre el cielo o el infierno, el aprobado o el suspenso, el bien o el mal, la ley o la falta. ¿Por qué el cinco sí, pero el cuatro con nueve no? ¿Por qué se puede ir a ciento veinte, pero no a ciento veintiuno? ¿Por qué si llego un segundo antes gano la carrera y si lo hago un instante después la pierdo? ¿Por qué si nazco a este lado de la línea tengo unos derechos y si lo hago al otro lado, aunque sea a un centímetro, jamás disfrutaré de ellos?

Lo límites artificiales es lo que tienen. Por algún sitio había que cortar. La pregunta es: ¿En el caso del aborto es necesario hacerlo? Mi respuesta es sencilla, pero contundente. No. No es necesario. Desde que dos células se unen para formar otro ser vivo dotado de inteligencia, de alma, si se quiere, y de sentimientos, ya no se puede parar, rechazar, ignorar, negar. Pero si por algún sitio hay que cortar, pues hagámoslo de raíz, desde el principio, porque, de no ser así, sólo estaremos dando muestras de nuestra infinita estupidez, de nuestra infinita credulidad, de nuestra estrechez de miras.

¿El ser humano nace o se hace? Si el hombre se hace podríamos pensar que hasta que no adquiramos la suficiente sensatez, criterio, conocimiento, no deberíamos ser considerados personas. Hasta que no nos hagamos, hasta que no construyamos, con los ladrillos de nuestro intelecto, un verdadero edificio de humanidad podríamos ser considerados como humanoides, pero no personas, por lo tanto prescindibles. Pero el roce hace el cariño, y eliminar a un niño de cinco añitos es demasiado engorroso porque llora, se queja, patalea, y nos hace sentir mal. En cambio resulta más fácil cargarse lo que aún no se ha tocado, sentido, besado. ¿Es esto amor o por el contrario es egoísmo? ¿Son los inadaptados personas? ¿Y los asesinos, lo son también? ¿Sí? Entonces parece que ser persona no depende de nuestras habilidades intelectuales, sino más bien de nuestra naturaleza, de nuestro origen, nuestra morfología, y, como no, de nuestro futuro probable.

Es decir, el hombre, nace. Y si el hombre nace... sólo puede ser desde el primigenio instante en que dos células reproductoras se unen con un único fin. ¿Son los alevines peces? ¿Son los renacuajos anfibios? ¿Son las larvas insectos? Entonces ¿Por qué un feto no es un hombre? Pero abundando más aún en la idea, por qué un feto de 23 semanas es un ser humano y uno de 22 semanas, 6 días, 23 horas y 59 segundos, no lo es. ¿Sabemos la respuesta? No creo que haya nadie capaz de explicar este sencillo hecho. No con sentido, con verdad, con generosidad, no lo creo. Quien pueda que lo haga y termine cuanto antes con esta absurda dialéctica. Ahora bien, de no haberlo, de no aparecer nadie con tan implacable verdad, entonces serán ellos quienes deberán aceptar su derrota y renunciar a sus macabras intenciones. Y entonces de nada servirá decir: "Porque tuvimos que poner un límite".

La ley no es justa o injusta, simplemente es. No hay nada de justicia en conducir por la derecha o por la izquierda, pero debe estar regulado de alguna forma. Aprovechando esta argumentación válida y veraz, liberamos la ley de exigencias morales y, así, podremos legislar hacia los lugares que mejor convengan ante una incómoda situación social, como es el caso. El malestar por los niños a deshora es una lacra heredada de nuestros padres, de su espartana educación, encorsetada, rígida, implacable. El temido estigma de la madre soltera. Nosotros, a pesar de nuestros denodados esfuerzos por sacudirnos tan pesada carga, aún sentimos el escozor de las heridas, de las cicatrices que aún quedan en nuestro carácter golpeado una y cien veces en el yunque de la rectitud. Y ahora nuestros hijos se ven ahogados porque sus padres no saben muy bien qué hacer. Nos debatimos entre el estupor de ver a nuestras hijas embarazadas o la alegría por el tempranero nieto que no hace sino envejecernos. "Es diferente, nuestros padres..." eran conscientes de las consecuencias igual que tú lo eres ahora, por eso se ponían así, por eso te amenazaban así, por eso se mostraban así. Para evitar que arruinaras tu vida. Pero nosotros somos mejores, más preparados con nuestras carreras, con la sociedad de la información e internet sembrando cultura por doquier. Es más, somos más empáticos, somos conscientes de sus errores pasados y los evitamos, y nuestros hijos nos ven como sus amigos del alma. Todo con tal de ser distintos a los viejos progenitores. Nosotros somos modernos, actualizados, tolerantes.

A río revuelto, ganancia de pescadores. Tan conocido refrán y cuan pocas veces aplicado a nuestra rutina. La educación necesita de una orientación clara, de una flexibilidad que la convierta en algo racional y adaptado a cada situación, pero no debemos confundir esta flexibilidad con la fácil permisividad. La extrema rigidez o libertad resultan fáciles. Permitir o no, esa es la cuestión, pero mantener el equilibrio mecido por el oleaje de una mente adolescente, no es un ejercicio fácil. Más de una vez caeremos, y luego otra, y otra. Así hasta que dominemos la situación, si es que nuestro hijo no se ha alejado lo bastante ya, como para no poder recuperarlo jamás. Arriesgado trabajo el de la responsabilidad paterna.

Por otro lado, no sé hasta que punto el aborto induce a la promiscuidad, si hasta ahora algo empujaba a las niñas a adoptar determinadas conductas, de abstinencia, era precisamente cargar con el "marrón" del bebé. Si ahora no hay consecuencias... la conclusión parece más que evidente.

¿Por qué no voy a poder hacer algo en concreto a sabiendas de sus nulas repercusiones? ¿No es acaso eso el progreso? ¿No es acaso eso lo que nos diferencia del resto de animales, el poder elegir racionalmente si seguir, o no, los dictados del instinto?


Desafortunadamente sí hay consecuencias. Que disfracemos con el frío texto de una ley la negación de nuestra naturaleza no se puede considerar sincero. Que nuestra sociedad termine matándonos antes de podernos siquiera defender no puede considerarse progreso. Que una madre desgarre el suave, pero tupido velo de su ternura, eligiendo antes la muerte que la vida de su propio hijo, para posteriormente remendarlo, porque ahora ya sí era el momento (si es que éste llega de nuevo), no es síntoma de una civilización avanzada, sino carente de recursos (y no hablo de recursos morales, sino sociales, culturales). Que el egoísmo se convierta en el abanderado de nuestras elecciones no afianza los cimientos de nuestra sociedad, sino que los agrieta y debilita.

¿Hacen falta más argumentos? Pues sí. Hay que bajar a la arena, a la calle, a los problemas del día a día, a la cruda realidad, donde el aborto no es más que un daño colateral, sin pensar que vivimos en un mundo ideal (¿o será idealizado?). Debemos dejarnos de retóricas grandilocuentes que se pierden en el agitado océano de los hechos y recoger el orgulloso velamen antes de que la tormenta parta el palo mayor con su furia desatada. Breguemos, pues, con el modesto remo y, a golpe de timón, busquemos de nuevo la ruta perdida. Intentemos convencer a aquellos que han sido maltratados por la pérfida elocuencia de la vida real.


Un adolescente no puede evitar vivir en la sociedad en que lo hace. Cierto. No puede ignorar a sus compañeros eternamente, no puede aislarse, divorciarse de ellos. Pero conviene recordar que la cultura que inunda su pequeño mundo de acné y furtivos cigarrillos, se la hemos procurado nosotros, sus padres, con nuestra ligereza, con nuestra desgana, con nuestra sacudida por liberarnos de cadenas pasadas. Y en el esfuerzo de no parecernos a nuestros padres nos hemos pasado al otro lado. Sin querer, o queriendo, pero sin reflexionar donde terminaba la opresión y donde comenzaba la responsabilidad. Y ahora lo pagan nuestros retoños. Ya lo dije, nosotros somos más guay, sabemos más porque todos hemos estudiado, y "eso es un hecho".

Un hijo cambia la vida, la limita, la frena con una brutal sacudida que, en ocasiones, impide rehacerse a sus víctimas, y cuanto más débiles son éstas últimas, peores son las consecuencias. Por eso resulta crucial esperar al momento adecuado para ser padres. Intentamos que nuestros hijos no consuman drogas, porque las consecuencias (otra vez las consecuencias) son letales, y por eso mismo les educamos contra ellas. Los diferentes gobiernos hacen campañas millonarias e incesantes para concienciarnos, y no repara, ni en gastos, ni en creatividad. Pero sugerir que se evite el sexo antes de tener la suficiente madurez o solvencia para afrontar sus consecuencias parece arcaico, primitivo, en definitiva, de nuestros padres (con que frecuencia salen ellos a la luz). O lo que es peor, ingenuo, poco o nada práctico, irreal, alejado de la calle, del día a día, del patio del colegio, del instituto, de la universidad. Facilitemos los preservativos, si no puedes con tu enemigo únete a él. Legalicemos las drogas, la prostitución, el tráfico de armas, y mil cosas más que ya han demostrado su carácter indómito eones antes de la "incontenible" ebullición hormonal de nuestros hijos (producto de la relajación moral de sus padres).


Hay una edad para votar, para conducir, para ver determinadas películas, para trabajar... y a nadie le molesta que se impida a nuestros menores realizar estas actividades, se ve como algo natural. En cambio, una de las circunstancias que peores consecuencias tiene, la paternidad, la dejamos a expensas del azar, de la voluntad de los ímpetus juveniles, y allanamos el camino simplemente eliminando a quien menos culpa tiene en todo el asunto.

No nos importa que el futuro se divise borroso. Nos preocupa el pasado. Huímos de aquellos tiempos en blanco y negro donde la sociedad no disfrutaba de nuestras libertades actuales. Pero en lugar de pensar si ya tenemos suficientes, continuamos descorchando botellas, incesantemente, sin control, con el paroxismo de vernos dueños de nuestras vidas, creyendo, ilusos, que tanta embriaguez no nos producirá resaca. Ya lo veremos. Quizá, en no muchos años, sean nuestros hijos, entonces, quienes miren al pasado con horror, perplejos por las sinrazones pretéritas, y, al igual que nuestros padres antes, lloraremos porque comprenderemos que, no siempre, para ser libres, hace falta libertad.

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